Corrosión, gobierno y universidad

Por

Rafael Rubiano Muñoz

Profesor Titular

Universidad de Antioquia

Es en las situaciones de crisis es cuando se aprecia de mejor manera el papel que tiene la inteligencia y el talento en la sociedad para generar el cambio y la transformación de nuestros entornos. En ese sentido una de las tareas fundamentales en la crisis es la imaginación para la creatividad y la innovación, y la capacidad de superar las rutinas, romper los hábitos cristalizados de tiempo atrás y así mismo poder sacudirse de la “modorra”, quiere decir, del letargo y el sopor que como costumbre congela, petrifica y deja un confort y una comodidad entre generaciones.

Muy bien dijo Marx en el Dieciocho Brumario: “La tradiciones de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Superar “la modorra” de ciertas tradiciones, en ciertas generaciones – para usar esa noción tan útil para entender las sociedades hispánicas y que fue enriquecida por la literatura liberal española del siglo XIX, basta citar a Galdós – no es fácil y como elemento corrosivo, no es dado remover, con un paño, pañuelo o con un dulceabrigo, ni con un sprite, ni siquiera con una crema o cualquier ungüento, de los que se dispone, en los “agáchese”, con mercancía china de a mil o cinco mil pesos. Romper hábitos corrosivos, más aún en medios donde el confort o la hipocresía son valores aceptados sin resistencia y sin riña, donde la sinceridad, la honestidad, la transparencia o sencillamente tener carácter o principios, es “pecaminoso” o “criminal”, constituye, entre otras circunstancias, un proceso de cambio que sería de más adelanto que cualquier otro desarrollo científico, técnico o comunicacional, más aún sería mucho más excepcional que descubrir otro plantea o galaxia desconocida. En la sociología clásica y contemporánea es muy claro desde Durkheim a Weber, de Horkheimer a Bourdieu, por citar algunos, que no necesariamente cualquier progreso material e infraestructural conduce de modo armónico y correspondiente al progreso moral de los hombres y de las sociedades. Y en el anterior sentido, fue en 1856, el politólogo francés Alexis de Tocqueville quien en su Antiguo Régimen y la Revolución analizó la tensión entre el progreso moral y político en las sociedades. Según sus observaciones la Revolución de 1789 no cambiaron en mucho las costumbres políticas francesas que se habían incrustado desde el pasado, sencillamente cambiaron de nombre y de nominación en una época de ruptura. Lo decía en liberal conservador o una especie de romántico. Remover las actitudes que como corrosivos se incrustan en la piel y en las costumbres, en las relaciones y en las actitudes no es tarea y una función fácil, porque a nivel social, se riega como explosivo y se impregna casi de modo inconsciente e imperceptible. En estos momentos en medio de reuniones, asambleas y de consignas, frases, denuncias y de movilizaciones o de incertidumbres, en un ambiente de preguntas, malestar, desasosiegos y desconciertos, es pertinente hablar de los corrosivos mentales y actitudinales. Ante la situación que vive la universidad es muy pertinente preguntarse y es oportuno la autocrítica: ¿Bajo qué condiciones se da la participación profesoral y estudiantil? ¿Con qué recursos y con qué actitudes se asume este momento de crisis en el extendido espacio de la universidad? La situación de asambleas y de movilización que constituyen un derecho inalienable, incuestionable y una tradición universitaria natural y comprensible, – pues, el inconformismo y la protesta son valores carísimos en estas sociedades globalizadas, frígidas, frías, planas, sin gracia, humor, plasticidad-, han de servir también para interrogarse sobre la manera cómo asumimos esos momentos y espacios, el modo como los asimilamos, decantamos y la manera cómo nos situamos o como realizamos la participación e incluso los debates. Directivas, profesores, estudiantes y empleados, todos estamos implicados y cuando se dice que es en defensa de la universidad pública, al menos deberíamos reflexionar sobre ¿A qué tipo de universidad aspiramos y cuál es la universidad que en la realidad nos increpa y nos circunda?, así mismo con lo referido a lo público ¿Qué es lo público y cómo lo defendemos? Bajo las circunstancias del actual gobierno y frente a sus políticas que en lo correspondiente a las reformas económicas, científicas, jurídicas y culturales o sociales, traen rudas, toscas y grotescas decisiones que vulneran lo poco que queda en el país del derecho social y del bienestar, otro tipo de corrosivos nos van a ahogar e inundar, al menos en lo que se avizora de sucesivo, porque el gobierno actual nos propiciará golpes más mordaces y virulentos frente a la educación pública, ya se hacen notar muchos, ahondar en un quiebre del Estado social de derecho, o lo poco que quedó de él tras otros gobiernos. Más corrosivo que el autoritarismo de los gobiernos es la obediencia ciega de sus ciudadanos. Es una tautología decir que el actual gobierno por ser de derecha y neoliberal es corrosivo. Si son precoupantes los temas, aquellos tales como la desfinanciación, la congelación de los puntos salariales, el problema del publindex, los gastos de representación, en fin, todos esos mazazos al “bolsillo de los profesores”, esos no son los elementos centrales de la corrosiva crisis del país, lo más deleznable es cómo se hacen invisibles para el país y sus ciudadanos, como se velan o se priorizan unos temas y los esenciales se ocultan. ¿qué temas son los prioritarios hoy para la universidad pública colombiana? ¿Acaso igualmente le damos prioridad a uno temas y problemas y ocultamos los esenciales? Le hacemos juegos a aquello otro ente que criticamos, y la verdad la esencia de la movilización hoy no solamente toca a los profesores vinculados en carrera administrativa, también han de incluirse los ocasionales y de cátedra. Ahora ¿Es el “bolsillo de los profesores?, (de todos sin exclusión), lo que ha de generar la movilización?, y dónde queda la investigación, la extensión, la docencia, la infraestructura, la cobertura, es inconcebible que hoy por hoy tengamos las mismas aulas de hace más de dos décadas, con el mismo tablero de acrílico donde ya no hay un espacio en blanco, sillas deterioradas y disminuidas, aulas sin conexión a internet, entre otros problemas que no merecen ser mencionados aquí. Con una actitud audaz el estudiante de la universidad pública debería demandar del estado que el programa ser pilo paga se convirtiese en política pública. Sería muy muy intrépido e innovador. El asunto trasciende lo económico en sí “salarios, bolsillos y otros asuntos estomacales” y pese a que es natural y por supuesto un derecho la protesta y la asamblea, la oposición y la confrontación ante lo estatal o gubernamental, es ineludible preguntarse por la participación y el grado de conciencia con que asumimos esa participación. En muchos es notable que no resulta muy reflexivo el paso de la experiencia a la conciencia y de la conciencia a la experiencia, se percibe que muchos – profesores, estudiantes, directivas y empleados – son empujados por la calistenia de la experiencia y por un voluntarismo enmohecido e incluso rancio. ¿Protestar por protestar? Uno de los baluartes de la universidad es que tenemos – al menos eso se cree – la suficiente inteligencia y el talento para convocar, reunirse, debatir y movilizarse. Y ante los temas y problemas que nos convidan a reflexionar sobre nuestra situación en las actuales circunstancias de la universidad, sin duda debemos elevar el nivel y la calidad de los argumentos y de las ideas. Anclados de modo inmisericorde en las actitudes corrosivas de un pasado – glorioso o fracasado – en nada se contribuye a repensar la movilidad universitaria hoy ¿Cómo crear participación con conciencia y conciencia de la participación? Bajo estas consideraciones y no se niega la importancia y la validez, la legitimidad y la autoridad del movimiento universitario si preocupan algunas actitudes personales y colectivas que son notables en los miembros de la universidad por su corrosión y por su perversa influencia. El desconcierto o el voluntarismo no nos pueden llevar a una movilización por cantidad sino por el contrario a una movilización que una al mismo tiempo cantidad y calidad. Lo que ha de procurarse es elevar el nivel de la participación, de la información, del debate y de la reunión, superar los atavismos y la ceguera con que se empuja a la comunidad universitaria a enfrentarse a coyunturas de crisis. La coherencia, en el hacer y pensar, la adecuada información, la denuncia con reflexividad, las consignas con novedad e imaginación, la adecuada relación entre asambleas, estrategias, presión y movilización son algunas exigencias contra la corrosión, lo que debe estar acorde con la universidad pública y con el debate público de una institución de educación superior en el siglo XXI. La fragmentación y una movilización segmentada y parcializada preocupa, más aún cuando profesores, estudiantes, directivas, empleados, no saben ni tienen idea de cuál es el problema, y más aún cuando hay estudiantes que incluso ya se han ido a sus hogares nativos porque creen que el semestre se va a cancelar y que no tienen nada que hacer – gastar sin invertir el tiempo en estudiar – en los actuales momentos; o profesores que asumen con la mueca absurda del impulso juvenil, estamos en asamblea permanente, vamos a paro, ¡qué felicidad, voy a resolver los pendientes! Es de reiterar que no se niega lo inaceptable que los gobiernos precedentes han derruido y han ido liquidando hasta el “asesinato” lo que queda de público en la universidad, pero es también cierto que esa presión externa, no es la única que ha venido aniquilando al Alma Mater, lo hacen igualmente actitudes, relaciones y formas de mentalidad que se han convertido en hábitos y en actitudes rutinarias, que carcomen la riqueza y los bienes de la comunidad universitaria, contra la trasparencia se opone el secreto, la conspiración y la intriga; contra una burocracia racionalizada estilo weberiano se impone el amiguismo, el lobby, la lambonería, la lealtad ocasional y los contactos personales; a la opinión pública razonada y reflexiva, el rumor, el chisme y las habladurías, contra la democracia, las camarillas, los despotismos y las tiranías de personas y grupos, contra la división administrativa universitaria se imponen las cuevas, con puertas giratorias y soterradas. Conciencia y participación son dos claves ante la corrosión del presente. No obstante, son más los rumores, son más los comentarios de corrillos y menos la información para contrastar y confrontar. Hace décadas que la universidad no se sacude de sus telarañas mentales ni de sus prejuicios y actitudes rutinarias, al menos en lo que a la participación política y en lo que corresponde a la forma de reunirse y de debatir en reuniones y asambleas. No es de negar que el ánimo y el espíritu de hoy es otro, las demandas políticas otras y el entorno otro. Pero ese otro no se contrarresta con lo mismo de siempre. Es de considerar que el debate es central, pero ¿Cómo nos alcanza para una orientación en la participación y en la presión política que sea más debida para estratégicamente alcanzar lo que nos proponemos? No necesariamente el mejor gobierno, incluido el universitario, es aquel donde el liderazgo es fuerte y se aprecia con carácter y menos aún los mejores gobernantes – incluidos líderes – son aquellos que asumen con carácter – voz recia y firmeza corporal – las mal llamadas “riendas” del país, como si fuera una finca o el “capo” de una hacienda. La corrosión no solamente es un problemas social y colectivo es individual y personal. Ojalá aprovecháramos esta coyuntura para repensar nuestras actitudes y en especial la educación y la cultura política en la universidad.

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